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Cerdos chinos producidos en la argentina dependiente

A principios del 2020 por iniciativa de Biogénesis Bagó se gestó la posibilidad de un acuerdo binacional con China para producir carne porcina en mega granjas industriales, muy oportuno luego de que en el anterior año un brote de Peste Porcina Africana (PPA) obligó a los productores de cerdos chinos a eliminar cerca del 55% del stock de cerdos. Tal es la relación del laboratorio del Grupo Insud con el gigante asiático que lleva años produciendo vacunas de uso veterinario en suelo chino.

¿Por qué el interés de China?

La carne porcina es la más consumida en el mundo y China es responsable de cerca la mitad de su consumo como también de su producción. Como se mencionó antes, el país asiático viene de lidiar con un brote de Peste Porcina Africana (PPA), una enfermedad hemorrágica que afecta cerdos y jabalíes salvajes de alta contagiosidad y mortalidad del 100%, o sea, no existe vacuna ni tratamiento a pesar de haber sido descubierta en Kenia en 1921. La PPA no solo es un problema para la producción de carne porcina en Asia sino también en la Unión Europea (segundo consumidor de esta carne) donde en Alemania, en septiembre, por haberse encontrado un solo caso de un jabalí salvaje, el resto de países compradores prohibieron inmediatamente el ingreso de productos porcinos alemanes.

Incluso teniendo en cuenta la PPA, el Ministerio de Agricultura de China, en el marco del “Plan Nacional de Desarrollo de la Producción Porcina (2016-2020)”, destaca como principal riesgo y problema de producción al estiércol, principalmente en las aguas residuales debido a los altos costos de procesamiento y el difícil control de la contaminación. Asimismo, la disposición final de los residuos, enterrados en las granjas, recibe denuncias por la presencia de clorobencenos (sustancia química puede causar lesiones graves en el hígado y en los riñones) y otras sustancias, como por el incremento de casos de cáncer en la población vecina.

Como otros problemas el Ministerio de Agricultura de China señala la escasez de tierras como limitación importante para el desarrollo de la cría de cerdos a gran escala, además de las dificultades en la producción de alimentos, puesto que más del 70% de la soja necesita ser importada.

Con este acuerdo porcino China trasladaría el daño socio ambiental a la Argentina y sin dar seguridad de no trasladar también la PPA que es el temor de los productores locales.

¿Por qué en la Argentina?

El acuerdo con China no es una gran sorpresa teniendo en cuenta que la relación entre países, desde la crisis financiera del 2008, viene en incremento en los sentidos económicos, políticos y estratégicos. Vale mencionar que las relaciones entre economías asimétricas bajo las lógicas capitalistas son relaciones de dependencia.

En cuanto a acuerdos de cooperación Argentina y China firmaron el “Plan De Acción Estratégico En Materia De Cooperación Agrícola”, un plan quinquenal llevado a cabo en 2012 y renovado en 2017, con el fin de continuar con la cooperación mutua respecto de la agricultura, la ganadería y la pesca, entre otras actividades. El plan busca impulsar una variedad de áreas clave: biotecnología, semillas, investigación científica y técnica, ganadería, bioenergía, agroquímicos, comercio e inversiones agrícolas, entre otras.

Actualmente Argentina cuenta con 10 plantas para la faena con fines de exportación de carne a China, 7 de ellas habilitadas a fines de 2019, en respuesta a la apertura del mercado chino, cuando se firmó un Protocolo sobre los requisitos de inspección y sanidad veterinaria específico para la importación y exportación de carne porcina entre Argentina y China.

En lo que respecta a comercio, China recibe el 10% de las exportaciones argentinas y durante la pandemia, desplazó a Brasil como principal socio comercial de nuestro país.

Brasil que junto a China integran el BRICS y por sus dimensiones podría pensarse como como el socio natural en este tipo de acuerdo, pero las sucesivas devaluaciones han hecho que en Argentina el costo de producción de carne de cerdosea de 0,80 U$D por kilo, mientras que en china cuesta 2 U$D por kilo, una oferta tentadora. Además, estratégicamente, en una nueva disputa interimperialista, es normal que China no se concentre en un solo país de la región y busque un segundo socio, máxime teniendo en cuenta las características del gobierno de Bolsonaro.

El acuerdo, de iniciativa privadas, parece haber sido recibido con entusiasmo por parte del Gobierno. En julio se llevó a cabo una reunión entre el canciller argentino Felipe Solá, el mismo quien en 1996 autorizara el ingreso de soja transgénica basándose en estudios de Monsanto, y el Ministro de Comercio de China para tratar el proyecto, del que se dioa conocer que tendrá como objetivo producir 900 mil toneladas de carne porcina en cuatro años y cuyo capital de inversión ronda los 4 mil millones de dólares que en teoría se distribuiría entre empresas de ambos países.

A pesar de no estar firmado el Memorando de Entendimiento, los adelantos dados a conocer por el Secretario de Relaciones Económicas Internacionales, Jorge Neme, y los dichos del canciller Felipe Solá bastan para saber lo central de la iniciativa.

El acuerdo busca convertir a la Argentina en el principal proveedor de carne de cerdo de China, incluye la instalación de 25 granjas agroindustriales para la cría de porcinos a gran escala (12.000 madres cada una) y abarcaría la cadena completa de producción: plantas de elaboración de alimento balanceado, biodigestores, criadero a ciclo completo (ciclo de las madres y ciclo de los lechones con destino al matadero), frigorífico exportador y demás.

Para la instalación de cada mega granja, se dieron a conocer por filtraciones de documentos las exigencias de parte de China. Por cada granja demandarían 100 hectáreas, además de las 17000 hectáreas para cultivo de maíz y soja, provisión de agua de 1.500.000 litros/día, terreno no inundable en los últimos 50 años, caminos asfaltados, ferrovías, población cercana y tendido de red eléctrica, entre otras cosas.

Por lo tanto, la instalación de granjas de producción intensiva de cerdos y las graves consecuencias que de por si llevan, el acuerdo también implicaría una gran expansión en la frontera de cultivos transgénicos. De este modo podemos entender la responsabilidad Estatal en los incendios de nuestros humedales que no cesan desde enero sufriéndose en cada vez más zonas del país, y como, para los intereses corporativos de los monopolios, aprovechando la sequía, resulta ser el modo más barato de desmonte.

En este sentido es evidente la similitud entre el acuerdo porcino con China y el que en 1996 habilitó la producción de soja transgénica en Argentina, y que tuvo como uno de los principales responsables políticos a Felipe Solá, en aquel entonces como Secretario de Agricultura, Ganadería y Pesca del gobierno menemista. Pareciera que por este antecedente el Gobierno de Alberto Fernández encontró en el actual canciller a la persona idónea para firmar otro acuerdo de saqueo y explotación de nuestros bienes comunes que no tenga como limite la incompatibilidad entre el extractivismo con toda forma de vida y la naturaleza misma.

Luego de más de 20 años de monocultivos transgénicos, principalmente de soja, como consecuencias se destacan, la ocupación del 60% de la tierra cultivable argentina por este grano y el aumento de un 1.400% de uso de agrotóxicos, la innegable relación que hay entre las zonas sojeras y las tasas más altas de cáncer del país; y haber convertido a la Argentina en uno de los 10 países con más desforestaciones del mundo.

Impacto ambiental

La intensificación de la ganadería trajo aparejadas consecuencias ambientales tales como el incremento en la emisión de gases de efecto invernadero (GEI), los contaminantes efluentes de los corrales, el mayor uso de agroquímicos en la producción de alimentos para el ganado, y hasta un incremento en la potencialidad de las llamadas enfermedades zoonóticas.

Los sistemas de producción porcina pueden liberar grandes cantidades de nitrógeno y fósforo al ambiente, así como las dosis de cobre y zinc utilizadas para acelerar el crecimiento, que pueden acumularse en el suelo. Los cerdos, por ejemplo, excretan el 95% del zinc, el 86 % del cobre y el 79% de manganeso que ingieren en su dieta (Herrero y Gil, 2008).

En lo que respecta a las emisiones GEI, este sector es responsable del 1% de las emisiones ganaderas en Argentina. Si se efectiviza el proyecto con China, un escenario “de mínima” indica que las emisiones podrían llegar a duplicarse.

Pero hay más a considerar: la acumulación de las excreciones, el alimento y los animales en espacios reducidos también libera gases y vapores que despiden olores desagradables. En Argentina, para 2008, el 75% de las excreciones eran tratadas con inundación o mediante chorros de agua. El estiércol en suspensión líquida se envía generalmente a una laguna anaeróbica, en la que se vacía el barro del fondo (los sedimentos) cada uno o dos años.

El consumo de agua es otro valor fundamental a revisar. Se estima que un proyecto que produzca 900.000 toneladas de carne para exportación podría demandar unos 12.000 millones de litros de agua potable a lo largo de toda la producción. Y eso sin contabilizar el agua necesaria para la limpieza6.

Con respecto al agua de descarte, los efluentes afectan su calidad física, química y microbiológica. Asimismo, por las excretas, patógenos, hormonas, metales pesados, nitrógeno y fósforo, entre otros elementos, pueden encontrarse en los efluentes. Estos contaminantes llegan a los distintos cuerpos de agua por una variedad de vías. Por ejemplo, alcanzan las aguas subterráneas o acuíferos por infiltración y lixiviación. En Argentina, por caso, se detectaron excesos de nitratos (119 partes por millón, cuando el límite nacional es 45) en establecimientos de engorde a corral (Herrero y Gil, op. cit.).

¿Ventajas para Argentina?

La instalación de las mega granjas agroindustriales sufre un rechazo casi unánime por parte de la población, eso da cuenta de las características nefastas que el gobierno no pudo disimular con el “desarrollo” que supone dejar de venderle a China el alimento de los cerdos para venderle carne, excusa usada por el presidente Alberto Fernández, ni con la promesa de 9.500 puestos de trabajo, cifra totalmente sobreestimada, que además sólo creará puestos altamente riesgosos para la salud y la seguridad de las y los trabajadores. Este argumento, totalmente perverso, juega con la real necesidad de trabajo de los argentinos y descarta cualquier posibilidad de crear empleos de calidad bajo el impulso de una industria nacional (entre otras alimenticia), al servicio del bienestar y los derechos del pueblo.

Lo que se exporta no se come. Este acuerdo sólo profundizará los lazos de dependencia con las potencias imperialistas en disputa. Si bien el beneficiario directo es China, no olvidemos que monopolios estadounidenses controlan los principales nichos de producción, comercialización y exportación de granos, necesarios para el alimento de cerdos.

Profundizar la inserción tradicional de Argentina como productor y exportador de materias primas y como receptor de capitales extranjeros sólo traerá más dependencia y con ello, vulneración de todo tipo de derechos esenciales, desde el derecho a la salud, el derecho a la vivienda, el derecho a alimentos de calidad, el derecho al trabajo genuino.

No debemos dejar de vincular este acuerdo con una cuestión central de la dependencia estructural e histórica de nuestro país: la deuda pública, externa. Resulta evidente que la principal preocupación del gobierno nacional de Alberto Fernández, es incrementar las exportaciones para producir divisas para el pago de una deuda ilegítima, usurera y fraudulenta. Para sostener los lazos de dependencia, está dispuesto a aceptar cualquier acuerdo que permita ingreso de divisas sin salirse de la lógica de que los dólares están en el extractivismo, sea fracking, minería o el agronegocio, y sin importar los daños irreversibles que impliquen para el pueblo y sus bienes comunes. El negocio responde a los intereses económicos chinos y de un puñado de grandes empresas locales y fondos de inversión que están asociados a ellos.

La unica salida es la lucha popular para la soberanía del pueblo trabajador

El Estado argentino y sus instituciones de poder surgen bajo la hegemonía de la gran burguesía terrateniente y comercial portuaria, asociadas con fuertes vínculos de dependencia al capital financiero Británico, ya que por aquel entonces Inglaterra era la potencia mundial. En la historia argentina puede haber variado el origen de los capitales financieros pero nunca terminado con la dependencia a la que seguimos sometidos.

El acuerdo de los cerdos chinos deja en evidencia el modelo de producción de capital monopólico dependiente de la Argentina y como la deuda externa es la principal cadena del imperialismo para someter a los pueblos, condicionando nuestro futuro e independencia como Nación y perpetuándonos en el rol de país productor de materias para suministrar a países industrializados. Asimismo, el acuerdo expone la complicidad entre el Estado, los grupos económicos concentrados y el imperialismo, y su contradicción con los intereses del pueblo, lo que pone sobre la mesa la necesidad de la intervención popular. En estos años, fueron cientos las luchas que se dieron contra el saqueo, el despojo y la contaminación. Tenemos el antecedente de la defensa del Famatina, el logro de haber echado a Monsanto de Córdoba y la derogación de la modificación de la ley 7722 en Mendoza, entre las más destacadas. Esas luchas, antiimperialistas y antimonopólicas son las que tenemos que tomar como ejemplo en cada pelea por la soberanía de nuestro territorio y por el justo derecho a tener una vida con trabajo, sin hambre y sin contaminación.

Decirle no al acuerdo porcino con China es luchar contra el imperialismo, es luchar por la soberanía popular.