Cuando hay bases sólidas, ninguna tormenta termina en naufragio.

En el día del marino mercante, en San Nicolás, el SOMU (Sindicato de Obreros Marítimos Unidos) se llena de la juventud trabajadora que toma las banderas históricas y avanza, apoyándose en la experiencia de los «más viejos», para continuar la pelea por nuestra soberanía.

* Por Juan Albano: Juventud de ATE Rosario. Sec Gremial de la Junta Interna de ATE Niñez. Militante de la Corriente Sindical Jorge Weisz.

     Todos los 25 de Noviembre, además de movilizarnos diciendo basta de violencia contra las mujeres, los marinos mercantes celebran su día. Trabajadores del rio y mar que mueven los peldaños de la economía exportadora, sin ser dueños de los barcos ni elegir que producir o exportar. Este día se conmemora gracias al prócer Manuel Belgrano, que insistía con la creación de la Escuela de Náutica y la necesidad de contar con una Flota Mercante propia, de ahí que un 25 de noviembre de 1799 se festeja el día de la Marina Mercante.

 

“Una flamante marina mercante con bandera nacional” recuerdan los marinos más viejos, aquellos que ya tienen más de 40 o 50 años, y están sentados en un costadito de los tablones donde cada 25 N se reúnen para celebrar. Para ellos, el agua es su pedacito de cielo, pero los tablones largos son aún mas valiosos. Ahí se gestan comidas, celebraciones pero también largas reuniones y asambleas, donde saben cuál es su lugar: en la esquina, en un costadito.

No por timidez, ni desinterés o acaso por ninguneo del resto, sino porque saben que el futuro de los marinos, de volver a tener una bandera nacional y con ello control del rio, la mal llamada hidrovía, es tarea de los más jóvenes, quienes mañana -esperemos- sean los que se sienten al costadito del tablón para que su pedacito de cielo tenga al fin bandera nacional bajo control obrero.

 

 

Y es entendible que sea con nostalgia que recuerden esa flamante marina mercante ya que vivieron los procesos de privatización del peronismo menemista, que desde 1991 comenzó a vender los buques estatales y ya para 1996 había logrado su objetivo: toda propiedad, toda embarcación que tenga que ver con el control de nuestras aguas, toda identidad de la soberanía nacional sobre nuestros ríos fue vendida a manos extranjeras. Y lo saben, no hablamos de un costo para el Estado como aun nos quieren hacer creer, la grandeza de la empresa estatal ELMA (Empresa de Líneas Marítimas Argentinas) llego a la topetitud de tener oficinas en las Torres Gemelas.

Esto no dice nada, pero entonces ¿Qué es lo importante de tener marina propia?

Hoy más que nunca, con más de la mitad de la población bajo la indigna pobreza y 54% de la niñez sin garantías de alimentación básica, la soberanía sobre y en nuestros ríos y mar permitirían lo que cualquier marino sabe, como lo sabe cualquier cocinero cuando le discuten que la paleta es jamón: con una marina estatal es posible generar millonarias ganancias por el transporte de las manufacturas, energía y productos primarios que se exportan. Lo saben, los barcos son el puente que vincula al país con el mundo y con un verdadero federalismo que conecte las regiones a través del rio, reduciendo los costos de transporte por vía terrestre.

En su apogeo, ELMA llegó a tener 192 barcos, entre estatales y privados, y movió hasta el 50% del comercio exterior local, teniendo una participación del 70% en la actividad económica de las vías fluviales. Hoy esa participación es de 1%.

Que quede claro, en este país “ganancias” pueden ser dos cosas, y los del costado del tablón lo saben. O es la acumulación de riquezas en mano de empresas extranjeras que se apropian de lo nuestro sin dejar nada a través del control de la siembra, cultivo, cosecha, exportación y derivados de recursos primarios, o es el control del Estado en cada cadena de producción de valor, regulando el precio para un verdadero acceso popular al alimento, y porque no -porque los viejos lo saben- para generar presupuestos sustentables -y no ya acumulación- para producir bienes, servicios, tecnología de avanzada, creando puestos de trabajo que reflejen verdaderas políticas soberanas al servicio del pueblo.

«No por timidez, ni desinterés o acaso por ninguneo del resto, sino porque saben que el futuro de los marinos, de volver a tener una bandera nacional y con ello control del rio, la mal llamada hidrovía, es tarea de los más jóvenes, quienes mañana -esperemos- sean los que se sienten al costadito del tablón para que su pedacito de cielo tenga al fin bandera nacional bajo control obrero.»

Este 25 N presenciamos esta mística marina, los viejos al costadito, la juventud en el centro, todos alrededor de un asadito, el aplauso al asador y los sapucai ante cada tubo de vino descorchado. El rito fue en el club de ciclistas de San Nicolás, donde las bases de trabajadores marítimos pisan fuerte, porque desde la privatización todo fue tifón y tempestad. Los mas viejos lo saben.

 

Se celebró su día, pero no es menor, esto se da en un momento histórico para la organización de los trabajadores de la marina dentro de SOMU (Sindicato Obreros Marítimos Unidos), herramienta de lucha de los que día a día ponen el pellejo para mover las riquezas de nuestro suelo sobre el agua. Jóvenes y viejos, cansados del rosqueo político, de que las conducciones sindicales no los cuiden de los atropellos de las patronales, de que no reivindiquen sus derechos, ni menos que esbocen luchas por la vuelta a una bandera nacional, pisaron tierra, uno le dijo al otro que algo estaba mal y como hormigas se fueron organizando a lo largo de la orilla del Paraná para nuevamente arriba de un barco sean soberanos de sus propias aguas. Eso fue el ultimátum para lo inevitable: tomaron la tarea de organizar su propia lista de conducción de la Seccional Rosario que alcanza desde Puerto General San Martin hasta Baradero, atravesando dos provincias- Santa Fe y Bs As- de enorme importancia para la economía nacional, y todo, desde abajo, desde las bases.

Desde la experiencia de los más viejos que lo saben, y los pibes que tienen la vitalidad de revivir la memoria y recuperar lo que nunca debió ser de monopolios y extranjeros, el club de ciclistas se llenó de una alegría que no se deja vencer por el presente, y sin pedir permiso, te invita a pasar, a sentarte y compartir.

“Acá lo único que queda claro es que representamos los intereses de una sola clase, de la cual somos, y no se olviden, la clase trabajadora” dijo el principal referente de la lista 6 de Agosto, Mario Roda, en una sobremesa que invito a la memoria de los más viejos y el canto popular de los más jóvenes.

Han pasado 25 años de aquella privatización, los resultados son evidentes: las riquezas se la llevan sin que nada quede en nuestro suelo, el alimento no es garantía en nuestro pueblo, los sindicatos no están siendo de los trabajadores, sino de gerentes de las patronales que nunca estarán sentados en esos tablones, y el laburo con condiciones dignas y estables depende de que nos mantengamos organizados, y no solo eso, la ampliación de puestos de trabajo se puede generar solo si quienes mueven el rio hacia el mundo están bajo bandera nacional, bajo tutela estatal y control de los trabajadores.

Hoy, como cada 25 N, recuperamos ese espíritu soberano, esa terca esperanza de sembrar lo que van a comer los que vienen, aunque ya no estemos en los tablones, y nos animamos a protagonizar la historia de nuestro pueblo, ya no solo de un sindicato, sino de un combate esencial, el de los marinos, el de los trabajadores y trabajadoras que movemos al mundo sin que, muchas veces, nos pregunten para donde lo queremos llevar.

Los viejos lo saben, los pibes también: un país con justicia social depende de soberanía económica e independencia política. Este 25 N fue un paso hacia esa memoria viva, donde más allá de la ideología, lo más importante es quien controla esos espacios, “no se olviden, la clase trabajadora”.